Te echo de menos. No quiero decir que no entienda cómo consigo mantenerme en pie sin ti, ni que no pruebo el sabor de sonreír desde que no estás. Tampoco quiero que pienses que la luna y yo hemos dejado de hablar a escondidas sobre el mar sólo porque tú ya no nos acompañas. Nada de eso. No siempre te pienso, sólo cuando me acuerdo de recordarte. Tampoco me afecta ya el síndrome de abstinencia cada noche, aunque admito que los martes se me hacen un poco largos. No hablo siempre de ti, ni he contado tu historia (bueno, nuestra historia…) más de un millón de veces. Pero eso sí, todos mis amigos conocen tu nombre.
Solo quiero que sepas que siento cómo no estás. Faltas, me faltas, y lo noto siempre. Duele, por lo que decidí dejar de recordar. No voy a coger el papel de masoquista esta vez, que con una aprendí.
Tengo miedo a seguir echándote de menos con los años.
Tengo miedo de no echar de menos a nadie más.
Tengo miedo incluso de dejar de echarte de menos…
Pero ya se me quitó el miedo a vivir sin ti. Ya aprendí.
A veces incluso cuando hablo contigo oculto el timbre de mi voz que lleva tu nombre.
sábado, 12 de diciembre de 2009
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